
El flaco Gutarra fue la primera persona a la que escuché tocar Punk. No era precisamente un diestro de la guitarra, pero tenía una forma peculiar de arrancarle gritos de rabia a esa Estratocaster descolorida que tenía. Vivía en un departamento a unas cuadras de mi edificio, y aunque era mayor que la mayoría de chicos del barrio, solía decir que andaba con nosotros porque le hacíamos recordar lo que un día fue. Nunca supe como se llamaba realmente, supongo que apellidaba Gutarra y que le decían flaco por obvias razones, pero no era un tipo que se esmeraba en presentaciones formales. Su abuela (el único familiar que le conocíamos) le llamaba “flaco”, así que los nombres como que pasaron a un segundo plano.
Recuerdo que verano lo pasamos casi íntegramente en su casa, escuchando vinilos de grupos como Dead Kennedys y The Misfits. El punk es el espíritu que de la vida, decía. Un día nos dijeron que el flaco se había mudado con su abuela, y ya no lo vimos hasta el año siguiente, en el nos invitó a un concierto de su banda. Tocaban desafinados y fuera de tiempo, pero igual seguían contagiando algo más que ruido entre las personas que los miraban intrigadas. Al terminar, bajó del pequeño escenario y nos invitó varias cervezas. Decía que tocar era el camino que quería seguir toda la vida. Creo que esa fue la última vez que lo vimos.
Hace unos días saliendo del trabajo, vi a un tipo algo desgarbado en una parada de bus, al que no hubiese reconocido si no fuera por sus ojos hundidos y algo caídos. ¡Gutarra! le grité, me miro unos segundos y luego sonrío algo cansado. Hablamos unos minutos y me contó que su abuela había muerto hace unos años, el flaco ya tenía un hijo de cinco años y otro más en camino. ¿Ya tienes hijos? No, le respondí, no tengo. ¿Oye, que pasó con tu guitarra, en que anda tu banda? quise saber. Se miró los zapatos con algo de tristeza y dijo, el punk también se murió. Seguimos hablando un rato más, y luego nos despedimos con la misma ligereza como si nos fuésemos a ver al día siguiente.
De regreso a casa pensaba en lo que me había dicho “el punk también se murió”. Podría ser algo banal, pero entendí perfectamente lo que quería decir. Sus sueños de juventud se habían extinguido y no pudo hacer nada al respecto. Recordé las tocadas con el cholito y mi primo, y por un momento me pasó por la cabeza que sólo perdíamos el tiempo. Después me di cuenta que lo del flaco Gutarra suele ser algo frecuente, pero que no necesariamente le sucede a todo el mundo. Llegué a casa y me puse a tocar un rato. Es que hay sueños que además de vencer al tiempo, permanecen junto a nosotros para siempre.