Thursday, September 24, 2009

El aroma del infortunio

Hay noches en las que despierto como de un largo y extraño sueño. Sumido en una densa neblina de imágenes confusas e irreales. Hay noches en las que me despierta el perfume dulzón de la niña que vendía su cuerpo en las calles de la letrina del infierno. Cuando eso sucede, me quedo contemplando la oscuridad de mi habitación, como recordando cada detalle de aquel lugar. Pero siempre recuerdo el mismo rostro impasible, la misma niña, la misma fragancia.

Debe ser que su presencia en un lugar tan lleno de violencia, dejaba siempre una estela irreal en mis pensamientos. En verdad, no puedo explicarlo. La suya debe ser una historia triste, como miles de historias tristes hay en el mundo. Como las de aquellas niñas que son vendidas a lo largo del Caribe, como esas que cruzan el mar en cayucos para terminar en las calles de Barcelona, Madrid o cualquier ciudad europea. El mundo es así de vacuo.

Hace poco conversaba con un amigo que había venido de Tánger, y me comentaba que a veces tenía el mismo sueño que yo. Veía una y otra vez a una niña prostituta que conoció en un bar. Lo extraño es que en mi sueño nunca hablamos, me dijo. Sólo se queda mirándome, como si me acusara de su desgracia. Yo lo entendía perfectamente. Y aunque en el fondo ambos sabíamos que no había nada que pudiésemos hacer, no hay forma de evitar el sentimiento de culpa de contemplar algo así. Una niña que vende su cuerpo en las calles. Una pesadilla perpetua.

¿Recuerdas algún olor en particular? le pregunté a mi amigo. Si, respondió. El perfume que usaban las mujeres en ese lugar, no pude quitármelo de encima durante días. Ese es el aroma del infortunio, le comenté. Una vez que lo percibes, se queda para siempre dentro de ti.


Thursday, September 3, 2009

Gutarra

El flaco Gutarra fue la primera persona a la que escuché tocar Punk. No era precisamente un diestro de la guitarra, pero tenía una forma peculiar de arrancarle gritos de rabia a esa Estratocaster descolorida que tenía. Vivía en un departamento a unas cuadras de mi edificio, y aunque era mayor que la mayoría de chicos del barrio, solía decir que andaba con nosotros porque le hacíamos recordar lo que un día fue. Nunca supe como se llamaba realmente, supongo que apellidaba Gutarra y que le decían flaco por obvias razones, pero no era un tipo que se esmeraba en presentaciones formales. Su abuela (el único familiar que le conocíamos) le llamaba “flaco”, así que los nombres como que pasaron a un segundo plano.


Recuerdo que verano lo pasamos casi íntegramente en su casa, escuchando vinilos de grupos como Dead Kennedys y The Misfits. El punk es el espíritu que de la vida, decía. Un día nos dijeron que el flaco se había mudado con su abuela, y ya no lo vimos hasta el año siguiente, en el nos invitó a un concierto de su banda. Tocaban desafinados y fuera de tiempo, pero igual seguían contagiando algo más que ruido entre las personas que los miraban intrigadas. Al terminar, bajó del pequeño escenario y nos invitó varias cervezas. Decía que tocar era el camino que quería seguir toda la vida. Creo que esa fue la última vez que lo vimos.


Hace unos días saliendo del trabajo, vi a un tipo algo desgarbado en una parada de bus, al que no hubiese reconocido si no fuera por sus ojos hundidos y algo caídos. ¡Gutarra! le grité, me miro unos segundos y luego sonrío algo cansado. Hablamos unos minutos y me contó que su abuela había muerto hace unos años, el flaco ya tenía un hijo de cinco años y otro más en camino. ¿Ya tienes hijos? No, le respondí, no tengo. ¿Oye, que pasó con tu guitarra, en que anda tu banda? quise saber. Se miró los zapatos con algo de tristeza y dijo, el punk también se murió. Seguimos hablando un rato más, y luego nos despedimos con la misma ligereza como si nos fuésemos a ver al día siguiente.


De regreso a casa pensaba en lo que me había dicho “el punk también se murió”. Podría ser algo banal, pero entendí perfectamente lo que quería decir. Sus sueños de juventud se habían extinguido y no pudo hacer nada al respecto. Recordé las tocadas con el cholito y mi primo, y por un momento me pasó por la cabeza que sólo perdíamos el tiempo. Después me di cuenta que lo del flaco Gutarra suele ser algo frecuente, pero que no necesariamente le sucede a todo el mundo. Llegué a casa y me puse a tocar un rato. Es que hay sueños que además de vencer al tiempo, permanecen junto a nosotros para siempre.


Tuesday, August 25, 2009

25

Déjame ver la luz del sol
con la que se dibujan las palabras
que hay en el desierto.

Déjame ver el brillo de la noche,
y la sombra solitaria
del hálito de las constelaciones.

Tengo la dulce impresión
de haber soñado contigo,
y contigo ver el mundo


Monday, August 17, 2009

El naufrago

La cantina del gordo Miguel siempre tenía ese olor peculiar, mezcla de madera, tabaco y cerveza. Las paredes tapizadas con petates, guardaban mil historias contadas en las mesas de paja tejida. El gordo solía tomar un vaso de cerveza con quien se lo ofreciera, siempre ofrecía sus oídos pacientes y la misma mirada melancólica a todos los extraviados en la penumbra del alcohol. El naufrago lo sabía, por eso siempre que podía entraba a esa cantina y se sentaba en la misma mesa, ubicada frente a un cuadro de Héctor Lavoe. A la salud del cantante de los cantantes – decía – y comenzaba a embriagarse.

Esta vez los borrachos de las tres de la tarde lo vieron entrar totalmente cambiado, con un terno negro recién comprado, el cabello recortado y peinado como un gigoló francés venido a menos. El naufrago se veía diferente para los que lo conocían poco, pero su mirada perdida seguía siendo la misma. Se sentó en la misma mesa que guardó por años la miseria de un hombre destruido por su propia mano, pidió una cerveza helada y bebió en silencio luego de recitar su acostumbrado brindis.

Qué pasa primo, le dijo el gordo desde el mostrador. Pero el naufrago no le respondió, más bien siguió bebiendo vaso tras vaso, hasta acabar la botella. Se puso de pie y acercándose al gordo Miguel, le dijo: "Voy a ver a mi hija, y quiero que me vea cambiado". Lugo salió del bar, caminando y arreglándose el cabello a cada paso. El gordo lo miró en silencio, sin tener el valor de decirle que el terno le quedaba grande, que la corbata estaba mal anudada y que se había puesto medias de diferente color.

Monday, August 10, 2009

10

Hace un sin fin de años
que he visto
el aura pétrea del mar,
y sobre su rostro,
sonreir.

He visto
junto a mis huellas en la arena,
el fulgor lejano
de la ebriedad del firmamento,
y a través de sus ojos,
la soledad de un corazón
como el que tuve ayer.


Monday, August 3, 2009

Blog

Últimamente este espacio ha experimentado cierto abandono de mi parte, y aunque lo que escribo sigue reflejando parte de mi vida, hay muchas otras cosas que se han ido quedado pendientes, hasta el punto que ya no me es posible evocarlas y trasladarlas aquí. Creo que me acostumbré a este blog como uno se acostumbra a un amigo silencioso en la lejanía, está sin verlo, pero siempre está. A veces quisiera tener mayor disposición para escribir, sin embargo hasta eso ha cambiado. Es curioso, pero las letras siguen siendo parte importante de mi vida, sólo que ahora siento que ellas forman parte de un fulgor diferente.

En fin, supongo que al igual que todo en la vida, este momento será transitorio, pues para una persona acostumbrada a coleccionar recuerdos, como yo, es imposible no evocarlos a plenitud. Espero que pronto regresen mis letras, y sin avisarme. Así como suele retornar la ternura del universo cuando anochece y nos sorprende.


Thursday, July 16, 2009

16

A veces sueño con una tarde
que sabe ser triste y feliz,
y en cuyo fulgor
se baña la indiferencia de mi ciudad.

En esa tarde, el sol perpetuo
habita en tus ojos.