El café desciende lento y va calentando su cuerpo, más no su alma. Mengano se ha sentado en una esquina del departamento viejo y frío. No hay cuadros, flores ni adornos, un papel tapiz que se va despegando conforme la penumbra avanza y la taza humeante se posa en la mesa con un suspiro. Los mismos zapatos de hace años, las suelas cambiadas una y otra vez. La plata no alcanza ni para acompañar el café.
Intenta quitarse el sopor de los huesos y toma el portafolios de cuerina arrugada por el trajín y las madrugadas. Una última mirada al espejo y contempla sus treinta años que aparentan noventa cuando intenta sonreír, el cabello ralo peinado a un costado. Mengano se mira con la nostalgia del abandono forzado y sale al corredor. Mientras desciende por las escaleras, el ruido de la calle va aumentando hasta convertirse en un zumbido, pero mantiene el mismo paso lento y cansado. Las suelas se deslizan silenciosas, como resignadas a su destino. Mira la calle y comienza a caminar, adentrándose en una ciudad que despierta entre volutas de petróleo y el rugido de los motores. Lo espera el bus de siempre, las mismas miradas, el mismo conductor. La misma parada, el mismo camino. La vida es tan repetitiva, suspira.
De nuevo frente al edificio de oficinas, a la inmensa entrada que lo intimida y a las escaleras negras e interminables. Odia los ascensores, cada vez que pasa frente a ellos lo repite. También odia las escaleras y la oficina, pero no su escritorio. Lo acepta como el reo acepta la cadena que le impide ser libre. Otra taza de café y mientras el reloj marca las 8.30 se sumerge en los papeles, los archivos y la vida que no quería cuando era niño. Mengano atiende llamadas telefónicas de gente que nunca ha visto y responde con eficiencia documentos que no llega a entender del todo. Hace una pausa después de horas y deja los papeles a un lado. De nuevo un suspiro hondo y contempla una foto que resume toda su vida. Siempre la observa a la misma hora. En ella una pareja lo mira feliz. Están en un muelle blanco e interminable. Las vértebras de una ballena blanca que se murió al salir del mar. Eso le dijo a la chica que aparece a su lado y ella reía sobre el ruido de las olas, así les tomaron la fotografía. Así recuerda esa mañana y por un instante siente de nuevo el calor de sol en su piel, la brisa marina y las caricias de un cabello negro que olía a limones frescos. El aroma del amor distante piensa, el amor distante huele a limones frescos para él.
La tarde se deja caer por su ventana y la oficina se va quedando vacía. Siempre es el último en salir, pues nadie lo espera en casa. No es lo mismo llegar a un cuarto vacío y encontrar la taza de café del desayuno sobre la mesa solitaria. De nuevo al bus y a los pasos que hacen eco en la calle. El almuerzo es un recuerdo distante ¿qué almorcé? Ya no importa, da lo mismo. La llave gira en la cerradura y la oscuridad se disipa con el clic del interruptor. La ropa sucia lo espera en el sofá, igual que la taza en la mesa. Las llaves aterrizan sobre una silla y el agua fría de la ducha le recuerda que ya pasó otro día.
Una taza de café antes de dormir. La vida es a veces como una taza de café, amarga y caliente cuando quiere. Desde la calle se ve su imagen solitaria pero no su soledad. Apaga las luces y antes de dormir en el sofá recuerda la foto que lo saca de su oficina. La ballena blanca y la pareja sonriente. Ojala él fuera el tipo que abraza a la chica, pero él solo les tomó la foto. Les prometió enviarla pero nunca lo hizo, era mejor conservarla. Sólo Mengano sabe cuanto vale preservar un recuerdo inventado.