La cantina del gordo Miguel siempre tenía ese olor peculiar, mezcla de madera, tabaco y cerveza. Las paredes tapizadas con petates, guardaban mil historias contadas en las mesas de paja tejida. El gordo solía tomar un vaso de cerveza con quien se lo ofreciera, siempre ofrecía sus oídos pacientes y la misma mirada melancólica a todos los extraviados en la penumbra del alcohol. El naufrago lo sabía, por eso siempre que podía entraba a esa cantina y se sentaba en la misma mesa, ubicada frente a un cuadro de Héctor Lavoe. A la salud del cantante de los cantantes – decía – y comenzaba a embriagarse.
Esta vez los borrachos de las tres de la tarde lo vieron entrar totalmente cambiado, con un terno negro recién comprado, el cabello recortado y peinado como un gigoló francés venido a menos. El naufrago se veía diferente para los que lo conocían poco, pero su mirada perdida seguía siendo la misma. Se sentó en la misma mesa que guardó por años la miseria de un hombre destruido por su propia mano, pidió una cerveza helada y bebió en silencio luego de recitar su acostumbrado brindis.
Qué pasa primo, le dijo el gordo desde el mostrador. Pero el naufrago no le respondió, más bien siguió bebiendo vaso tras vaso, hasta acabar la botella. Se puso de pie y acercándose al gordo Miguel, le dijo: "Voy a ver a mi hija, y quiero que me vea cambiado". Lugo salió del bar, caminando y arreglándose el cabello a cada paso. El gordo lo miró en silencio, sin tener el valor de decirle que el terno le quedaba grande, que la corbata estaba mal anudada y que se había puesto medias de diferente color.
Esta vez los borrachos de las tres de la tarde lo vieron entrar totalmente cambiado, con un terno negro recién comprado, el cabello recortado y peinado como un gigoló francés venido a menos. El naufrago se veía diferente para los que lo conocían poco, pero su mirada perdida seguía siendo la misma. Se sentó en la misma mesa que guardó por años la miseria de un hombre destruido por su propia mano, pidió una cerveza helada y bebió en silencio luego de recitar su acostumbrado brindis.
Qué pasa primo, le dijo el gordo desde el mostrador. Pero el naufrago no le respondió, más bien siguió bebiendo vaso tras vaso, hasta acabar la botella. Se puso de pie y acercándose al gordo Miguel, le dijo: "Voy a ver a mi hija, y quiero que me vea cambiado". Lugo salió del bar, caminando y arreglándose el cabello a cada paso. El gordo lo miró en silencio, sin tener el valor de decirle que el terno le quedaba grande, que la corbata estaba mal anudada y que se había puesto medias de diferente color.
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